Nuestra Historia

Toda crisis trae grandes oportunidades

Las familias campesinas colombianas han sido golpeadas por el conflicto armado en los últimos 70 años en los que el desplazamiento forzado y la falta de oportunidades han marcado la vida de muchas mujeres las cuales han encontrado en la venta de fritos y demás productos gastronómicos la oportunidad de poder vencer la pobreza absoluta. Ángela María Terán Martínez, fue una víctima del conflicto armado que llevaba una vida tranquila en el corregimiento de Quebrada De Acosta perteneciente al municipio de Tierralta-Córdoba, territorio conocido por el famoso pacto de Santa fe de Ralito y el proceso de paz de con los grupos paramilitares. Ángela María vivía en esta zona con su esposo y sus once hijos siendo dueña del granero de la zona (Tienda más grande de la vereda) recibía continuos hostigamientos por parte de los diferentes grupos armados que hacían presencia en la zona como paramilitares, guerrillas y ejército, ya que a veces decían que ella abastecía a los bandos. Muchas veces a mis tías y mamá le tocó esconderse bajo las camas cuando recibían la visita de los grupos que pedían matar gallinas, cerdo y ganado mientras se emparrandaban obviamente sin pagar ganar. La situación era meridanamente llevadera a pesar de todo.

Pero a pesar de que todo parecía estar controlado la realidad del conflicto traería consigo el golpe más fuerte de esta familia, la muerte del abuelo Julio Cesar González quien se dedicaba a trabajar con la madera falleció luego de varios días enfermos y fue hay cuando a la puerta de la familia Terán González, llegaron los paramilitares y provocando bajo amenazas de muertes luego de una masacre en el pueblo el desplazamiento de esta familia. Fue así como llegaron a Montería, capital del departamento de Córdoba con solo lo que llevan puesto y a empezar de cero, se ubicaron en un cambuche al lado de un caño de aguas negras, en el famoso barrio conocido como “Calle larga” a donde llegaban gran cantidad de desplazados, la tristeza, desesperanza, dolor y la miseria se respiraban en aquel lugar donde mi familia tendría que empezar de cero. El primer instinto de Ángela María fue pedir dinero para poder alimentar a sus hijos. Los niños más grandes empezaron a buscar trabajo y los de mediana edad cuidaban a los más pequeños mientras los grandes estaban por fuera, así empezó esta nueva vida.

Ángela María se vio obligada a tomar una decisión que marcaría el camino de todas sus generaciones venideras usar el dinero que le daban para vivir al diario o hacer un esfuerzo y montar una tiendita, no pregunte como hizo, pero al mes ya estaba vendiendo en la puerta de su cambuche galletas de limón, empanadas, carimañolas y chicha con lo que hizo que aquellos días por lo menos el hambre pasara y obviamente no se quedó vendiendo en casa, sino que también salía a calle con una ponchera llena de bollo limpio, de coco, plátano y maíz

La herencia

Una niña de unos cuatro años camina por el medio del campo con su abuela, le enseña cuáles son las mazorcas que debe coger y de regreso la leña que debe escoger para que el fogón prenda con todo. Llegamos a la casa, ubicada en el mismo barrio, pero ya no es un cambuche. Es una casa grande en la que ya hay una tienda con todo y alrededor, tiene una plantación de yuca. Ángela María ya es abuela y solo vive con sus tres hijos menores. Los mayores, ya están trabajando y, con hijos, lograron irse del barrio gracias al esfuerzo de ella por darle educación y buscar la manera de que pudieran trabajar lejos de la pobreza que los rodeaba. Como buenos hijos, ellos al igual que mi mamá nos llevaban a visitar a la abuela, en mi recuerdo de infancia está presente la estimación de aquel barrio a las afueras de Montería, criticado por la pobreza que hay habitaba, pero en mi realidad era emociónate ir porque era ir a ver sembrados y criaderos de animalitos. La mejor parte era ir a ver como la abuela hacia comida para salir a vender, los bollos, los fritos, el boli y los dulces tradicionales eran el delito de mis fines de semana al lado de la hornilla de leña de mi abuela, así fue mi infancia, atesorando cada momento en medio de las necesidades económicas que si bien ya habían sido superadas aún tenían es estigma de vivir en un barrio subnormal.

Con el paso de los años, mi abuela logró salir de ese barrio lleno de pobreza y, a pesar de que sus hijos le garantizaban todo, ella en su maravillosa terquedad quiso seguir cocinando la comida tradicional de la región y se convirtió en la señora de los mejores bollos, bolis y fritos de su barrio. Yo ya estaba en la universidad y en mis vacaciones siempre iba a visitarla y sí, seguía viéndola cocinar mientras escuchaba sus historias y saliendo a la calle a vender con ella para acompañarla sin imaginar que en el proceso recibía la herencia más grande de mi vida.